‘Match Point’, de Woody Allen: ‘Magistral golpe de suerte’ vs ‘Las costuras del azar’

MAGISTRAL GOLPE DE SUERTE
Con dos golpes de efecto afortunados, en forma de metáfora deportiva (uno al inicio de la película y otro para el desenlace), Woody Allen redondea esta película para hablarnos sobre la importancia de la suerte en la vida. Maravillosamente narrada, esta historia llena de tensión y pasión, que recorre el thriller, la comedia de enredos y el drama existencial, es una de las obras maestras indiscutibles del realizador. Aunque, sin lugar a dudas, si ocupa un lugar privilegiado entre nuestras debilidades cinéfilas, es por la facilidad con la que el genio neoyorquino nos acerca a las angustias vitales sin perder la ironía, ni el humor cáustico, ni un ápice de elegancia narrativa.
 
Match Point es una historia donde el azar que conduce nuestras vidas se convierte en la única verdad absoluta, sin discusión, en un mundo sin moral, absurdo, en el que no hay hombro divino sobre el que llorar nuestros miedos. Allen juega con la reflexión de que nada está escrito de antemano, no somos tan importantes ni tan interesantes como para que un guionista, más o menos avezado, se aplique en contar nuestra historia. O quizás sí. Él lo hizo con Chris Wilton (Jonathan Rhys Meyers) que bien pudiera ser cualquier advenedizo, a la vuelta de la esquina, decidido a ponerse el mundo por montera con tal de subir escalones en la upper class londinense.
 
Allen no pierde el tiempo. A los diez minutos y con varias pinceladas de buen cine, nos ha presentado al personaje principal y sus cuitas, nos ha planteado el conflicto. De la mano de una femme fatale, Nola Rice (Scarlett Johansson), con el relumbrón y el desencanto de las precursoras de su especie en el cine negro, asistimos a una secuencia pletórica de tensión sexual y de frases agoreras que se desenvuelven con el brío de un buen partido de tenis. De la frialdad de los planos medios y las conversaciones circunstanciales, habidos hasta ese momento, pasamos a los primeros planos intensos para descubrir a nuestro trepa protagonista, Chris Wilton, a quien una belleza rubia le ha despertado sus instintos más primarios. Y la ambición, sí, rubia, pero también de clase, le llega incluso a supurar lágrimas contenidas en la mirada, en un ejercicio de interpretación de Rhys Meyers que nos deja con la boca abierta.
 
Con Wilton, Allen se ceba porque el personaje le sirve en bandeja la oportunidad de contemplar el azar desde una fabulosa visión caleidoscópica y contradictoria: así, nos plantea que la suerte quizás sea para los inseguros (ya lo decía la suegra de Chris), sus víctimas tan sólo aquellos que se abandonan aceptando sus limitaciones, derrotándose de antemano porque creen estar al tanto de todas las reglas del juego. Y si no, cómo se explica que el protagonista se convierta en un triunfador en los negocios y él tan sólo vea en ello el enchufe de su suegro. El pesimismo existencial va más allá, Wilton siente claustrofobia cuando ve sus sueños de grandeza cumplidos. Se la juega continuamente como si quisiera tentar a la mala suerte y acude raudo y veloz a cumplir con su azaroso destino. En ello, le va un crimen.
 
Y es que Match Point es un juego, metáfora aparte, donde los contrastes se suceden en secuencias muy elegantes, para que Allen se regocije, con mordacidad, de las ironías de la vida. Tenemos a un inocente, fruto de la pasión, sacrificado para dar paso al fruto esquivo de un matrimonio bendecido por las conveniencias. Tenemos un amor salvaje y de pocas palabras frente a un desayuno pulcro con la parienta, servido en frío, y con noticias de última hora que entretienen la conversación vacía. Tenemos los detalles de un crimen soplados en sueños al policía por dos almas en pena que no pueden con un azar, con mucha mística, que les acaba ganando la partida. Y así llega el Match Point. La visión existencial de Allen no da respiro. Aunque, eso sí, siempre nos deja el consuelo de su sarcasmo.

Uno de los mejores encuentros del cine. Otra suerte de metáfora. Juego agresivo.

LAS COSTURAS DEL AZAR

 
Match Point es una historia de perdedores y ganadores que nos habla de la moral que se construye o destruye sin asidero divino, con la resignación sarcástica del que ha llegado a la conclusión de que ni en este mundo, ni en otro ‘presuntamente venidero’, existe señal alguna de justicia que nos haga responder de nuestros actos.
 
Esta curiosa, para muchos certera, reflexión de Woody Allen está presente, especialmente, en dos momentos de su trayectoria como realizador: allá, a finales de los 80, en Delitos y Faltas, y ya entrados en el siglo XXI (2005) y perdiendo fuelle, en Match Point. En ésta última flojea por el artificio en el que envuelve una historia interesante, elegante y bien construida, pero con detalles fallidos que nos hacen añorar los tiempos dorados y algo menos pretenciosos del cineasta. Cuando los golpes de efecto los reservaba para hacer buenos chistes, para construir diálogos reveladores, también sesudos, pero sin perder el tono coloquial de la charla en un garito de jazz.
 
La suerte en Match Point, y su influencia en la vida de cualquier hijo de vecino es una especie de divinidad cachonda y omnipresente a lo largo del film. Y es un detonante con protagonismo absoluto en un desenlace (ese anillo que se resiste a caer en el Támesis; ese jonqui tan oportuno) tan endiabladamente irónico, que se nos antoja demasiado elaborado, forzado, muy cinéfilo. Se le ven las costuras al guión y queda demasiado obvio que el azar, en la historia de Chris Wilton, ‘estuvo escrito de antemano’ y, por lo tanto, para él existía el destino, un destino afortunado ideado por un cineasta profundamente negativo.
 
Había más humanidad, más azar, y por lo tanto, más suspense en aquel Judah (Martin Landau) al que vimos agonizar entre remordimientos en Delitos y Faltas antes de llegar a la misma conclusión desoladora a la que llega Wilton. Su genial desenlace subraya, de manera más efectiva, la visión existencial, negra del cineasta. Fue entonces, más joven, y no en 2005 cuando Allen encontró la moraleja perfecta para un mundo sin dios.
 

Aunque hay mucha crítica velada hacia la clase posh, los personajes de Allen no pueden remediar resultar demasiado intelectuales, excesivamente exquisitos para haber sido unos ‘recién llegados del arrabal’. De espaldas de la clase alta, nuestros tristes advenedizos siguen tomándose sus buenas copas de vino, cuando ponen los cuernos, donde debiera haber una pinta, y frecuentando museos para entretener el tiempo libre y calmar la soledad. De acuerdo, es marca de la casa: Allen no lo puede evitar, elige al milímetro los escenarios selectos (la Tate Modern, la ópera de Covent Garden) donde quiere situar sus secuencias. Pero nos retorcemos en la butaca al contemplar las incoherencias de sus personajes: cómo su protagonista triunfa, sin conocimiento ni experiencia alguna, en los ámbitos financieros de la City; cómo la mujer fatal (Nolah Rice) se convierte en una auténtica verdulera que nada tiene que ver con la criatura desencantada y resignada de los inicios del metraje. Muy bien. De acuerdo, sigamos confiando en la ficción.

 
Aún con todo, aceptaríamos su juego, si no encontráramos un tanto insufrible observar cómo sus personajes deambulan por diálogos encorsetados a los que se les ve demasiado la pluma, pues son demasiado afectados, demasiado perfectos literariamente hablando. Las conversaciones de ultratumba, en este sentido, no tienen desperdicio.
 
En fin. Este revival de Delitos y Faltas, aderezado con un argumento que tiene un no sé qué de Un lugar en el sol y sus acostumbrados enredos de sábanas, no remata las expectativas que nos crearon cuando nos hablaron de su cambio de tercio artístico. Allen seguirá siendo en nuestra memoria uno de los mejores escritores de cine de la Historia. Pero cuando se nos pone solemne, nos gusta más acompañado de buen jazz, de las campanillas de los Hare Krishna y del oportuno Marshall McLuhan haciéndose el encontradizo en la cola de un cine cualquiera de Manhattan.
El planteamiento de la película. Lo mejor:
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2 comentarios

  1. Me parece una peli fantástica. Y terrorífica por la fatalidad que la resuelve. Gemial.

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  2. Desde luego no dejó indiferente a nadie y su tecnología mental sobre la moral tiene mucho engranaje. Vemos que te quedas con la primera crítica, de todas formas. Un saludo.

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