‘El secreto de sus ojos’, de Juan José Campanella: ‘Si el futuro se llena de nada’ vs ‘Cojeando en aras del amor’

SI EL FUTURO SE LLENA DE NADA
 
Finales de siglo XX, recuerdos agridulces de un escritor frustrado en forma de fogonazos de una despedida en una estación de tren, bloqueada ante una página en blanco. Veinticinco años transcurridos en la nada y Benjamín Espósito (Ricardo Darín), a punto de jubilarse, mantiene enganchada su vida a un año clave, 1974, y a una ciudad, Buenos Aires, espacio y tiempo en que tuvo que investigar, como secretario judicial, el brutal crimen de la joven Liliana Coloto. Y hacía allí viaja su mano, escribiendo, porque allí hizo una promesa al viudo de la asesinada: que encontraría al culpable y que pagaría por lo que había hecho. Y allí se enamoró y calló. Un objetivo bloqueado y congelado en el tiempo, hasta que llega la hora de rendir cuentas en los dos bandos y de que el libro se escriba a sí mismo.
 
Porque el Espósito que vivió en los 70 no adivinó entonces que sus pesquisas para resolver el crimen tropezarían con el encuentro y la nunca terminada conquista de su nueva jefa en la oficina judicial, Irene Menéndez-Hastings (Soledad Villamil), con las malas hierbas de la corrupción emergente en su rival policíaco, con las falsas acusaciones y las trabas burocráticas del movimiento peronista, con su lucha contra los océanos de alcohol de su particular Doctor Watson, su asistente y amigo Pablo Sandoval (Guillermo Francella), y con uno de los asesinos mejor creados de la reciente historia negra del cine, Isidoro Gómez (el cantante y actor español Javier Godino). Para los no duchos en esta historia: la escena protagonizada por éste último en la confesión inducida, hizo palmear a Francis Ford Coppola.
 
Con su protagonista viajamos también nosotros hacia un clásico del nuevo siglo, una obra maestra que despertó la ovación de medio mundo. Toda una trama de cine negro en estado de ebullición desde el minuto cinco, firmada por uno de los mejores representantes del realismo sentimental contemporáneo, Juan José Campanella. Con este pictograma emocional de dos historias de amor en impotencia -la imposible de los investigadores y la amargamente perdida por el viudo- se llevó para una Argentina llorosa y emocionada el Óscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa en 2010. Y antes, ya había conquistado al mundo entero tras su estreno, saltándose con humildad las leyes comerciales del crudo cine hispano-parlante.
 
Su arranque visceral y difuso entre los tachones y las arrugas cansadas de Darín, su transporte generacional de sentimientos, la exaltación sobria y ebria de la amistad, las injusticias que conducen a dejar el crimen no vengado, la tensión amorosa y lo que Benjamín e Irene se dicen sin hablar, los recuerdos de Liliana que viven en el marido que la sobrevivió, generaron un crisol de sentimientos trasnacionales que llevaron a su equipo a hacer toda una tourneé de recolecta de premios sin parangón en el cine argentino. Las maravillosas historias que ya contó Campanella en Luna de Avellaneda y El hijo de la novia fueron la sala de espera de la combinación perfecta que de ambas alumbró en El secreto de sus ojos. Repitiendo el dúo de protagonistas (Darín-Villamil) y prácticamente la base sentimental de El mismo amor, la misma lluvia, el argentino se acompañó de la novela de Eduardo Sacheri, La pregunta de sus ojos, y ambos la convirtieron en una nueva manera de sufrir. Y planteó: ¿qué ocurre cuando el futuro está lleno de nada? ¿cómo se vive una vida vacía? ¿qué ponemos en su lugar?
 
Al margen de su trepidante estructura narrativa, con cuidadísimos saltos temporales, de sus acelerados diálogos como solo los porteños saben hacerlo, de unas interpretaciones fuera de serie y de una congoja impagable que no da respiro, esta película merecería reivindicar todo, o más de lo que tiene, solo por el planchazo emocional que recibimos al final, y por uno de los planos-secuencia más espectaculares de toda la historia del cine, que puede darse codazos sin pestañear con los de Alfred Hitchcock en La soga u Orson Wellws en Sed de mal. Casi cinco minutos seguidos de filmación desde la panorámica del estadio del Racing Club de Avellaneda hasta la captura del asesino aterrador, trastornado y futbolero, por los pasillos subterráneos de las gradas. Con dos pares y con aviso previo, porque durante toda la historia precedente coquetea con las secuencias alargadas, en área teatral.
 
Lo que no sabemos todavía es dónde situó el cineasta el secreto de sus ojos. Nos preguntamos si lo hizo en los mensajes extra corpóreos que jefa y subordinado se transmiten en cuanto comparten plano, en el último (supuesto) sacrificio de Sandoval para salvar a su mejor amigo, en las pupilas delatoras del asesino que aparecen en las fotos adolescentes de la fallecida Liliana y mirando el escote roto de la Villamil, o en la satisfacción absoluta que finalmente vemos en la mirada del viudo cuando, frente al investigador, tras más de dos décadas, solo le da un argumento para sus actos: “Usted dijo perpetua”. O en todos ellos. Puede que las miradas simplemente “hablen al pedo”, pero esté donde esté el secreto, el respiro de felicidad íntima entre los dos protagonistas tras una pausa de 25 años, que Campanella se niega a mostrarnos cerrando una puerta, nos estimula a no bajar los párpados, a mirar de frente el pasado, cuando el futuro esté lleno de nada.

 

El plano-secuencia que nos dejó alelados durante cinco minutos seguidos. Está cuidado hasta el último detalle. Y si queréis escrutar, aquí tenéis el cómo se hizo.

 
COJEANDO EN ARAS DEL AMOR
 
Campanella, más deslumbrante que nunca, nos muestra esta intensa película acerca de un secretario de juzgado, Benjamín Espósito (Ricardo Darín), que investiga el asesinato de una mujer joven, un suceso que se le quedó atravesado en el alma. Espósito supo resolver el enigma al reconocerse, de alguna manera inquietante, oscura, en la mirada apasionada, obsesionada de otro: un brutal asesino. Desde luego, son muchos los preciosistas detalles que hacen de esta película una cinta inolvidable, arrebatadora. Ahí está, por ejemplo, esa letra ‘A’ atragantada en la máquina de escribir y en el destino del protagonista o esa amistad dependiente que redime de la borrachera vital a un tipo pasional. O lo mejor, esa emocionante historia de amor vibrante, callada, elocuente en las miradas. Todo ello por no hablar de la arquitectura de diálogos brillantes, que juegan con las verdades inevitables, con los pensamientos cotidianos que nos asaltan y no acertamos a explicar.
 
Una vez que se nos pasa la excitación que producen sus múltiples encantos, cuando la maravillosa música de Federico Jusid deja de sonar en nuestra mente, acaba la magia y tomamos conciencia de una serie de descuidos argumentales o de ejercicios de estilo fallidos que nos decepcionan y que nos hace pensar, sencillamente, que estamos ante una película un tanto sobrevalorada.
 
En El secreto de sus ojos, el amor triunfa sobre el thriller que agoniza en una descuidada narración. Es cierto que la historia detectivesca le sirve al director y guionista (el texto fue escrito al alimón con Eduardo Sacheri) como telón de fondo para retratar dos extraordinarias historias de amor, para preguntarse por ciertos dilemas morales y analizar la condición humana ante experiencias vitales límite. Sin embargo, no es precisamente acertado abandonar el hilo argumental de manera tan notable. A veces, se cuenta parte de la trama de forma demasiado apresurada (la pista falsa de los dos obreros); otras veces, nos deja ante acontecimientos cuya verosimilitud no se sostiene, por supuesto, dentro de la lógica de la historia. Así, nos preguntamos cómo, en una película de corte realista (porque no es ciencia ficción precisamente) puede Benjamín Espósito encontrar con la clarividencia de un médium al asesino Isidoro Gómez (Godino) en un campo de fútbol con 80.000 almas en continuo y exaltado movimiento. Absurda, incoherente y larga es la escena en la que el viudo interroga a la madre del asesino vía telefónica. Ahí está también la pobre ‘tensión cómica’ que se crea cuando los protagonistas se introducen furtivamente en la casa de la madre de Gómez. Es como si Campanella tuviera prisa por pasar página y quisiera saltar la tapia de aquella finca cuanto antes, entrando en otro capítulo más interesante, pero se viera obligado a cubrir el expediente de una investigación criminal que parece molestarle.
 
El thriller también cojea con detalles un tanto extraños como esa fijación por encontrar pistas en las cartas que le escribe el asesino a su madre (¿quién dejaría sus señas auténticas en el sobre?) la cual, por otro lado, debía contar con notables conocimientos de actualidad futbolística argentina para poder saber cómo le iba al hijo en Buenos Aires. Por otra parte, no deja de producirnos cierta risa las molestias que se toman los guionistas para anticiparnos, con demasiada insistencia, el desenlace en los diferentes encuentros que mantienen Espósito y Morales, el viudo (Pablo Rago). Es como un ingenuo redoble de tambores en el circo antes del salto del trapecista. Desde luego, nos hacemos cargo de que Morales no es partidario de la pena de muerte.
 
También desconcierta mucho la elección fallida de Pablo Rago para interpretar al personaje del doliente marido. Pocas veces hemos tenido el disgusto de asistir a un espectáculo de inexpresividad tan alarmante. Su frialdad ante la muerte de su esposa nos deja de piedra y nos sentimos completamente desconcertados, como Espósito, cuando sabemos, junto a él, que no actúa con la lógica que se le presupone al personaje, piedra angular del thriller. Curiosa elección la de Rago cuando el resto de actores protagonistas que le rodean son tan fascinantes y sobresalientes. Ahí están las hermosas miradas mantenidas de Ricardo Darín y Soledad Villamil, en espera del milagro; o la diminuta y viciada de Isidoro Gómez, interpretado por un gran descubrimiento español, Javier Godino. Y por supuesto, la mirada chisposa y chispeante del borracho pelotudo (Guillermo Francella) quien nos dejó completamente desarmados al explicarnos su lúcida historia sobre las pasiones. Las que nos delatan y relatan.

Despedimos este versus con esa pasión. La que no se puede abandonar así sin más. Como Irene y Benjamín. Desesperados, contenidos.

Anuncios

4 comentarios

  1. Esto sí que no me lo esperaba, porque mucho Óscar, mucho Oscar, pero hay peliculas que parece que se olvidan, y esta desde luego no lo merece. Gracias por recordarla!

    Me gusta

  2. Eso tratamos de vez en cuando, de arriesgarnos sin perder la compostura. Fieles a la pasión, como hemos dicho. Un saludo.

    Me gusta

  3. Esta película tiene mucha tela, y la habéis cortado toda toda toda… Un saludo.

    Me gusta

  4. Esperamos que eso sea para bien, Pablo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El reino del exceso

Pantanoso website de arte, literatura, cómics, cine y algo de porno. En las ondas en Radio en Exceso.

todocinemaniacos

Blog dedicado al Séptimo Arte

El Tío del Mazo

Un blog de amigos y para amigos del ciclismo

Actualidad Cine

Críticas de películas y estrenos de cine

Extracine

El mundo del cine en un blog

A %d blogueros les gusta esto: