‘Chinatown’, de Roman Polanski: ‘Destino trágico, obra maestra’ vs ‘Culebrón sobre fondo noir’

DESTINO TRÁGICO, OBRA MAESTRA
 
“La mayor parte de las personas no tienen que afrontar el hecho de que, en un momento dado y en el lugar adecuado, pueden ser capaces de cualquier cosa”. Noah Cross (fascinante John Huston), el “villano” de Chinatown (1974) y autor de las palabras, fue uno de los ‘privilegiados’ que supo encontrarse a sí mismo. Evelyn Mulwray (Faye Dunaway), en la tierna adolescencia, también tuvo su instante revelación. En la ciudad de Los Ángeles de los años 30, desbordada por la violencia, el polvo del desierto y el agotamiento existencial, cualquier corrupción del alma se hacía cotidiana, era moneda de cambio, una forma de vida. Y el barrio de Chinatown se convierte ahí en un destino trágico más allá de la superstición.
 
Este fue el escenario que se encontró Roman Polanski, director de la película, en el guión de este título imprescindible de los 70. Entendió a la perfección el vibrante material que tenía entre manos, el potencial del guión de Robert Towne, un hábil escritor (conocido del mítico productor del filme, Robert Evans) que pensaba saldar cuentas con sus fantasmas personales recuperando un capítulo histórico de la ciudad angelina: el desvío ilegal que se produjo en el suministro de agua, muy similar al narrado en la película, y que llevó a muchos granjeros a la ruina. El padre de Towne fue uno de los damnificados. A Towne no le traicionó el exceso de sentimiento y supo llevar con maestría y buen pulso la narración de las dos historias que discurren paralelas (aunque confluyen de manera casi orgánica): la trama detectivesca y el drama familiar con el ‘aliviadero’ de las secuencias de seducción de la pareja protagonista. Towne recibió un Oscar por su magnífico trabajo, el único de la película, que optaba a otras diez estatuillas más.
 
Pero fue Polanski el responsable de redondear la obra maestra. Soltó lastre, eliminó páginas del guión y simplificó la trama, encontrando en el detective Jake Gittes (Jack Nicholson) el hilo conductor que precisaba la narración fílmica, el relato de la intriga. Atemperó a Faye Dunaway (tenía fama de ser tremendamente perfeccionista) para encontrar juntos el tono adecuado de su personaje. Creó una atmósfera claustrofóbica, pocas veces transitada por otros cineastas, y optó por el color para revisitar e ir más allá del cine negro. Polanski fue también el culpable de encontrarle el final perfecto a la película, adecuado al tono de la historia. Si hubiera sido por Towne, la pareja protagonista hubiera cruzado la frontera, huyendo hacia México. Y es cierto, con ello Jake hubiera podido olvidarse de Chinatown.
 
Sin embargo, si hay algo que nos dice que estamos ante una película de este director, es la sensación de extrañamiento que nos recorre, como un escalofrío, a lo largo de toda la historia. Todo nos resulta sospechoso, amenazador desde el comienzo. Además, hay algo que no funciona como debería en una película de detectives. Algo demasiado oscuro, turbio, podrido. Perturbador. Crece la necesidad morbosa en nosotros de remover la mierda hasta que se nos ofrece un desenlace, a la altura de nuestras expectativas, en una de las escenas más desgarradoras del Séptimo Arte: Evelyn confiesa, bofetada, tras bofetada, la monstruosa verdad: su doble identidad consentida.
 
No podíamos homenajear esta película sin hacer un alto en el camino ante los dos personajes y actores protagonistas. En primer lugar, constatar que es todo un placer revisar las emocionantes interpretaciones del primer Jack Nicholson: sobrio, certero, cínico, pero, sobre todo, alejado del histriónico de los últimos tiempos. En especial, nos gusta el personaje que interpreta en esta ocasión, Jake Gittes, un detective de género y, por tanto, de vuelta de todo, con el aguijón del sarcasmo siempre a punto y, sin embargo, tremendamente ingenuo y dispuesto, a la hora de la verdad, a creer en la raza humana. Pero además, es presa de un buen número de matices que confieren riqueza a su carácter: ‘atildado’, ambicioso, prepotente, un tipo capaz de despreciar sin miramientos los momentos de flaqueza de una persona, incluso de un cliente, con tal de que no le arruinen las persianas nuevas.
 

En cuanto a nuestras secuencias preferidas, aquella en la que conocemos a los ignorantes herederos del gran imperio de 5.000 acres. De fábula. Pero no podemos dejar de estremecernos cuando recordamos la confesión de Evelyn Mulwray (Faye Dunaway), la madre y la hermana; la hermana y la madre. Siempre bella, gélida, y siempre agotada de sentirse triste.

Faye Dunaway expulsando fantasmas motivada por el maltrato e incredulidad de su hermético amante. Fabulosa escena.

 
 
CULEBRÓN SOBRE FONDO NOIR
 
“Este negocio requiere una gran cantidad de sutileza”. Así le espeta Jake Gittes (Jack Nicholson) en Chinatown a su subordinado de agencia detectivesca su falta de profesionalidad a la hora de rascar en lo que no se ve. Es casi al principio de la película y poco antes de darnos cuenta de que el ejercicio de emulación al noir que el director franco-polaco Roman Polanski intentó con esta historia se quedó en eso, en sutilezas, en hilos finos de un guión por encima de las interpretaciones, e incluso más, por encima del propio director. Sutileza va, sutileza viene, para que al final la trama investigada, pese al enorme metraje dedicado a quebrarnos la cabeza con los chanchullos del agua en Los Ángeles, no sea nada más que la excusa para plantarnos un culebrón de proporciones incestuosas y de mala suerte.
 
Es obvio que Polanski es fetichista y no quiso arriesgarse. Tiene motivos más que suficientes para serlo, pero este homenaje al cine negro que realizó en 1974 no debiera dar la impresión de ejercicio de estilo, como así sucede. Porque tras las mencionadas sutilezas se encuentran también los supuestos guiños de enciclopedia “chandleriana” que el cineasta va desprendiendo de su paracaídas. Hasta que dejan de ser homenajes y se convierten en prácticas de caligrafía copiada de cuando Humphrey Bogart regalaba enigmas a bellas y oscuras mujeres. Si no, a cuento de qué, después de tanto género de este tipo mamado en los cincuenta, Polanski se sirve de clichés tan manidos como el detective renegado y de vuelta de todo, las mujeres (siempre “de otros”) elegantes y frágiles, el trauma que regresa del pasado para hacerse bucle con el presente, o las conversaciones con psiquiatras en forma de barberos comprensivos.
 
Por eso el fetichismo de este director tenía algo más de sentido cuando no lo padecía de manera explícita y solo se copiaba a sí mismo, en su etapa pre-fantasmas con La semilla del diablo o El baile de los vampiros, o cuando le dio por dejarnos desencajados de pesimismo en su fase post-traumática con El pianista o más recientemente en la soberbia El escritor. ¿Dónde está la tortura psicológica de los personajes polanskianos de Repulsión en esta cinta? Explicada y no intuida. Y lo que no explican ahí se queda, desinformado, durmiendo el sueño de los justos y dejando al espectador preguntándose por qué comenzamos visitando embalses y empatizando con la sequía de los naranjos californianos, y terminamos descubriendo un drama familiar que parece no creerse ni el propio investigador, mientras abofetea a su dama. Que nadie nos venga con lo misterioso e irresoluble de El sueño eterno. Una vez hizo gracia. Dos ya no.
 
En Chinatown, su afán en la búsqueda del espectador cautivo y atolondrado entre tanta trama se agarra tanto al guión de Robert Towne, que tenemos la sensación (placentera, pero no cinéfila) de estar pasando las páginas de un libro sin parar. Y eso no, oiga. Porque resulta que con ello camina de la mano la plana interpretación del almidonado y tieso Nicholson (sumando clichés del noir) y los mohines interpretados, que no interpretativos, de los pómulos de Faye Dunaway. Con tal hermetismo, salvo por el maravilloso jazz de Jerry Goldsmith, la escena sexual de ambos le sale tan naif que ni los senos de ésta consiguen engallinarnos la piel. Menos mal que John Huston asume el papel de patriarca malvado de la película, en varios cameos tan magnéticos que se convierte en el auténtico protagonista, con permiso del propio Polanski, que también se pasea por una secuencia rasgando narices.
 
Y hablando de narices. Eso de que el héroe de la historia se pase medio metraje con un vendaje en sus fosas nasales tan grande como su cara no ayuda. Bastante tenemos con no disfrutar de una sola mueca de Nicholson en dos horas, como para que encima nos lo tapen con post-cirujía. Tal queja no es en vano si tenemos en cuenta que prácticamente toda la narración se desarrolla en entrevistas bilaterales del protagonista con los diferentes personajes. Hasta dan ganas de prestar atención en las escasas veces que en una secuencia aparecen más de tres personajes interactuando, y no formando composiciones de sombreros ladeados.
 
En realidad, tampoco queremos sacarle más sentido a la película del que el propio Polanski pretendía, que lo mismo quería ser transparente y nos empeñamos, desalmados y sin justicia cinéfila, en la sutileza, y en buscarle los traumas por todas partes, para una vez que lo mismo quiso alejarse de las profundidades psíquicas. Podemos olvidarlo todo, como le dicen al protagonista al final, o podemos verla de nuevo a ver si le encontramos la genialidad que sus masas de fanáticos le atribuyen por los siglos de los siglos. Por intentarlo -una y otra vez- que no quede, aunque nos tememos repetir -una y otra vez- el mismo resultado, como Nicholson en el Barrio Chino.

 

La mejor secuencia gracias al patriarca de la película, un John Huston “responsable y viejo”.

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3 comentarios

  1. Es imposible meterse con esta peli. No podéis, nooooooo…. Es broma, pero es que es p-e-r-f-e-c-t-a. Tengo que ver más de Polanski, po lo que veo.

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  2. Bueno, posible es, como ves. Pocas cosas hay perfectas en esta vida, aunque sabemos que arriesgamos con clásicos como éste. Procuraremos no desatar tu furia la próxima vez. Y sí, a estudiar a Polanski. Saludos.

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  3. Certera la forma de percibir la película como "perfecta". Esta gran obra, si la vemos más de una vez, advertimos que maneja lo esencial y lo justo, la precisión de los diálogos, alusivos y elusivos al mismo tiempo; las escenas, el tiempo y el rimo de la acción como no muchas en el cine. Quizás las de Orson Wells, "El ciudadano" y sobre todo "El tercer hombre": grandioso cine, que ya no se exhibe en ninguna parte. Ojalá despertemos para el gran arte del siglo XX. Polansky y otros lo han hecho. Guillermo.

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