Visionado: ‘La vida de los peces’, de Matías Bize. ‘Lo irrecuperable’

cuatro estrellas


El paso del tiempo no deja la misma marca en todas las etapas de la vida. Probablemente es de los 20 a los 30 años cuando se asientan las premisas con las que jugaremos nuestras cartas el resto de nuestra existencia, a casi todos los niveles. Entendemos que este es el motivo por el que La vida de los peces bucea en el solitario Andrés (Santiago Cabrera), un periodista chileno asentado en Berlín que se reencuentra diez años después con sus amigos y su antigua novia, Beatriz (Blanca Lewin), en la fiesta de cumpleaños de uno de ellos, apuntando hacia el vacío experimental provocado por una precipitada decisión. 

El vínculo de la amistad promulgado desde la intensa y blanquecina escena primera de Andrés con sus rescatados amigos, ahora padres, parece no convencer al triste protagonista, incómodo ante lo no vivido ni compartido con ellos en una década. Pero, tras mostrar su deseo de abandonar la fiesta, termina recorriendo la casa que en forma de laberinto de compañeros perdidos y fantasmas olvidados, se convierte en el único escenario del relato, Premio Goya a la Mejor Película Hispanoamericana 2010.
Un viaje sentimental lleno de historias de habitación, de terraza o de jardín, que nos ayudan a revivir lo irrecuperable para Andrés. Una escalera que el protagonista sube y baja cabizbajo y expectante por el regreso al pasado, por conocer la verdad que quedó sin decir tras el tiempo transcurrido desde que se marchó a escribir sobre lugares exóticos, olvidando una cita en alguna parte con su gran amor de juventud. El director chileno Matías Bize lo narra y visualiza con adornos sutiles de luces trastocando las secuencias, y mostrando en la escena del acuario, la mejor de toda la película, los años perdidos de la pareja protagonista traspasados por la vida de los peces. 
No es una obra sobresaliente. Aunque bienintencionada, adolece de languidez, y de una frialdad y contención dramática que corta de raiz el nudo en la garganta, necesario y demandado en este tipo de narraciones. Pero su sencilla y honesta dirección, su elegante fondo musical, el mudo final y el guiño a los mejores años de todo aquel que haya tenido un grupo de amigos no resucitado, nos hacen considerarla como un retrato submarino de añoranzas treintañeras, un cuadro de abrazos y de despedidas que nunca se produjeron.
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