Homenajes: Liz Taylor. ‘Una leyenda en eterno estado de rebeldía’

1932 – 2011. Elizabeth Taylor. “Sigue tu pasión, sigue tu corazón y las cosas que necesitas vendrán”. Éste fue uno de los últimos consejos que Liz regaló a sus seguidores a través de las redes sociales. Una recomendación de quien lo había vivido todo, había dado mucho, se había saciado sin llegar al hartazgo (últimamente, se confesaba feliz) y había sufrido hasta dejar insensible la propia vida. Y por supuesto, había amado con la desesperación del último instante. Un alma satisfecha en la piel de una mujer rebelde que, sin parecer de este mundo, llegó a declarar que “nunca había querido ser actriz”.

 

La combinación envolviendo el cuerpo y la mirada despechada. En celo… De esta guisa, tal y como apareció en La gata sobre el tejado de zinc (1958), permanece Elizabeth Taylor en nuestra memoria. Aquella no fue, ni de lejos, su mejor película; quizás tampoco fuera su mejor interpretación, pero su carisma y su fuerza ante las cámaras, en esta cinta de Richard Brooks, sirvió para grabar su imagen, carnal e idealizada, en los anales del Hollywood Dorado. Paul Newman, amargado, intenso, le daba la réplica en una puesta en escena que siempre nos ha parecido un auténtico prodigio de la naturaleza y del arte: había mucha química entre dos bellezas singulares, entre dos actores con sobrada víscera interpretativa. El “alcohólico” y la “insatisfecha” fueron nominados al Oscar. Ninguno de ellos consiguió, en esta ocasión, la preciada estatuilla.

Pero el placer de ver a la Taylor con un partenaire a la altura de su talento, afortunadamente, lo hemos seguido disfrutando cada vez que se ha dejado acompañar de su gran amor, Richard Burton. Por un instante, casi quince años, ambos protagonizaron una pasión sin fin, que se devoraba a sí misma. Realizaron juntos once películas: desde el fiasco en taquilla de la fascinante Cleopatra (J. L. Mankiewicz, 1963) hasta el gran éxito de crítica y segundo Oscar de la actriz, Quién teme a Virgina Woolf (Mike Nichols, 1966). La pareja se odió con saña en este duelo de interpretaciones, en esta escalada de violencia verbal orquestada con la misma intensidad que empleaba en sus noches de borrachera. La película es, sin lugar a dudas, el mejor trabajo de la intérprete y uno de los mejores de Burton, junto con el que nos brindó en la retorcida comedia La noche de la iguana (John Huston, 1964). Para el borracho (ahora sí, en versión original) amante galés, la Taylor era “probablemente la mejor actriz del mundo”. Él, de interpretación sabía… y mucho.

Liz fue criada por los estudios, su madre actriz eludió esa responsabilidad en aras del éxito que ella nunca tuvo, y la pequeña resultó ser algo más que una alumna aplicada. Tenía talento y desde las primeras producciones, complacientes y entretenidas, compartidas con Mickie Roonie o la perrita Lassie, su presencia era avasalladora. Convertida ya en una mujer de imposible belleza abordaría junto a su mejor amigo, Montgomery Clift, varias interpretaciones que fueron afianzando su carrera: en Un lugar en el Sol (1951, George Stevens) sería el canto de sirenas que lleva a un advenedizo sin escrúpulos hacia una vida plagada de lujos, pero con peaje trágico. En El árbol de la vida (1957 / Edward Dmytryk), fue una bella sureña a quien, en plena Guerra de Secesión, le rondaba la locura, el temor al mestizaje. Y en De repente, el último verano, quisieron abortar la cuestionable locura del personaje de Taylor a base de lobotomías. Sugeridas, eso sí, por una gran dama, encarnada por Katherine Hepburn… Al lado de los que se convirtieron en otros dos grandes amigos, James Dean y Rock Hudson, la Taylor se adentró en un ambicioso melodrama, familiar y petrolero, Gigante (George Stevens, 1956), con buenas interpretaciones, pero con un ritmo en estado de abandono.

 

Escapando de los trending topics que últimamente han estado discutiendo si existían o eran mero espejismo sus ojos color violeta, es cierto que su mirada siempre produjo asombro, era como de otro mundo. Su biografía parece corroborarlo. A Elizabeth Taylor el cuerpo se le declaraba, constantemente, en rebeldía: fue sometida a lo largo de su vida a unas 30 cirugías y estuvo a punto de cruzar al otro barrio en más de una ocasión. Nos gusta imaginar que, a última hora, la Parca se apiadaba de ella y la dejaba marchar. La mujer, alejada del mito, necesitaba más tiempo para vivir y amar con generosidad, para sobreponerse a nuestros sueños.

 

 

Una muestra de su genial interpretación en Quién teme a Virginia Woolf.

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2 comentarios

  1. Todo un tributo. Olé

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  2. Muchas gracias, Pablo. Ella, ahora enteramente, es toda una diosa.

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