‘El paciente inglés’, de Anthony Minghella: ‘En el Bósforo de Almasy’ vs ‘Romanticismo agónico y sin química’

EN EL BÓSFORO DE ALMASY
 
Desde Lawrence de Arabia habían pasado siglos cinematográficos sin que nadie hubiera conseguido plasmar, como lo hiciera el genial David Lean en 1962, la intensidad del desierto, el eclipse torturador de un paisaje infinito, las tormentas de arena que borran la lucidez y hacen huir a los fantasmas. Un experimento bastante interesante fue la extrañamente bella El cielo protector de Bernardo Bertolucci en 1989, que quedó tan incomprendida como alocado fue su rodaje y el maltrato interpretativo al que fueron sometidos sus protagonistas. Pero fue en 1996 cuando el cineasta británico Anthony Minghella consiguió con El paciente inglés ocupar un puesto legítimo y merecido entre los cineastas épicos, los que no se achantan ante grandes historias con grandes personajes, mediante la adaptación que él mismo guionizó de la novela homónima de Michael Ondaatje.
 
En plena Segunda Guerra Mundial, mediante los recuerdos que el quemado moribundo László Almasy (Ralph Fiennes) desvela a una enfermera (Juliette Binoche), su cuidadora voluntaria en un monasterio abandonado de La Toscana, recorremos uno de los más acaparadores y sugerentes relatos de amor de la historia del cine. La memoria del enfermo salta, entre inyecciones de morfina, hacia sus años de cartógrafo profesional y hasta su encuentro con la aristocrática, firme y casadísima Katherine Clifton ‘K’ (Kristin Scott Thomas) en el Egipto de entre-guerras. Rememora así cómo la historia de una mujer desnuda, unos pasos de baile y una tormenta de arena imprevista llevarán a ambos a una fábula de amor físico, pegado a la tierra, pero imposible. En el futuro, la enfermera Hannah (curiosa coincidencia en nombre y profesión con la protagonista de La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet), mientras escarba en los secretos de su paciente, vivirá su propio affaire con el esquivo Kip (Naveen Andrews), un zapador al que conoce tocando un piano con bomba incrustada.
No seremos nosotros quienes usurpemos el primer puesto que en el subgénero “adulterio en plena guerra” ocupa Casablanca, pero tampoco tendremos complejos en afirmar que la cinta de Minghella tuvo y sigue disfrutando de un corte clásico, elegante, ambicioso y arrebatador, amén de la impresionante fotografía y banda sonora que acompañan a los amantes desdichados en un lado de la historia, y al camino hacia el final del paciente sin nombre y su enfermera traumatizada, en el otro. Elementos todos encajados en perfecta partitura, desde los impresionantes títulos de crédito con ese pincel en manos femeninas, hasta el sol que regatea a las nubes en el final. Y todos académicamente reconocidos entre los nueve premios Oscar que obtuvo la película.
El talento británico de su orfebre sacó asimismo lo mejor de los actores, sin excepciones. Con este personaje sin nacionalidad ni registro, Ralph Fiennes se puso en los puestos de salida de Hollywood tres años después de haber sido odiado por medio mundo en La lista de Schindler, y demostrando después en El jardinero fiel su comodidad en el drama y la devastación. Juliette Binoche, sin nada que probar por esos años, tuvo la suerte de mutarse con el personaje más simpático y entrañable de la película, con sus propias heridas de guerra y con la maestría de las grandes estrellas. Suya es una de las mejores escenas, recorriendo en un arnés y antorcha en mano las pinturas de una iglesia italiana llena de siglos. Kristin Scott Thomas está simplemente magnífica y sorprendió con el destape de su etiqueta neo-conservadora a la inglesa, enseñando sus curvas recorridas por los dedos de Almasy. Entre sus recovecos aparece también un Willen Dafoe amputado y ambiguo, cuya contribución a ahuyentar las lagunas del paciente moribundo será determinante en la historia, y el ahora oscarizado Colin Firth, víctima marital del adulterio.
 
No tenemos los ojos llenos de arena, y sabemos que El paciente inglés no ha pasado a los anales de la Historia como a nosotros nos hubiera gustado, es decir, de forma que pudiéramos hablar de ella de generación en generación, como referencia esencial de enciclopedia cinéfila. La mejor suerte que corrió (si se puede llamar así) fue que Minghella nunca volvió a fraguar una obra maestra de tal calibre, aunque se aproximó a su propia mentalidad épica y romántica en Cold Mountain.
 
A raíz del triste fallecimiento de este cineasta en 2008, la historia de Almasy, de K y de Hannah tuvo una segunda vida en la que se comprobó que la convexidad del cuello de la Thomas, bautizada por su amante como “El Bósforo de Almasy”, ya es un símbolo de erotismo refinado. En esas dunas, en esas cuevas llenas de viento, atravesando un desierto interminable, donde nadie querría morir por muy amado que sea, nosotros nos rendimos ante este relato preciosista, triste y agónico, y nos congratulamos de la suerte que tuvimos de poder sentir sus arenosos escalofríos en la gran pantalla.

Almasy conquista y bautiza su propio bósforo, incluso estando en contra de la propiedad.

    
ROMANTICISMO AGÓNICO Y SIN QUÍMICA

 
El romanticismo de ‘cena, violín y chimenea’ hace tiempo que dejó de extasiarnos. Es difícil ponerse en el pellejo de un guionista que debe llevar a la gran pantalla la historia de una gran pasión porque, ¿cómo se ha de elegir el tono acertado? ¿cuál es el límite entre la narración que nos arrebata, porque nos convence, y el cliché que produce risa? Sí, quizás sea algo difícil de imaginar para un espectador sin oficio cinematográfico o para un cineasta con recorrido como guionista, pero que balbuceaba sus primeros largometrajes, como era el caso de Anthony Minguella, allá por 1996. Sin embargo, el realizador británico consiguió algo mucho más complejo, dar el doble salto mortal en El paciente inglés: aunar, en una misma película, la narración kitsch presa de un glamour insufrible, con la que desarrolló su historia principal, y grandes dosis de emoción y lirismo en una serie de encuentros inolvidables protagonizados por secundarios en la película.
 
Todo en la historia de amor, celos y tragedia es exceso. No hay más que contemplar el vuelo mortal, pilotado por el marido traicionado (como siempre, maravilloso Colin Firth), que nos estrella contra el desenlace o esos dorados saturados de la habitación de Almasy (Ralph Fiennes), un decorado que se nos hace demasiado evidente, molesto, y nos distrae del acontecer de la película. O ese encuentro furtivo de los amantes, en el calor de himnos como God Save the Queen, en los que hasta un Papa Noel británico es capaz de perder la dignidad sin misericordia alguna. Para qué hablar de Almasy, despechado y borracho, que arrincona en una fiesta polite, con frases de guionista torpe, a una Katharine (Kristin Scott Thomas) que sufre su ausencia porque nos lo cuenta.
 
Y es que, porque nos lo cuentan, entre Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas surge una gran pasión ya que resulta muy difícil adivinar la química entre ellos. Echamos de menos las chispas que saltan cuando se acercan fatalmente Burt Lancaster y Ava Gardner en Forajidos, o cuando Bacall persigue a Bogart, a toque de silbido, en Tener y no tener o, más contemporáneo, cuando Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson se aman con furia y a hurtadillas en Match Point. Sin necesidad de explorar ‘Bósforos’ en la anatomía femenina, los cruces de miradas de cualquiera de las anteriores parejas contienen una tensión sexual mucho más poderosa. Scott Thomas es una mujer de gran belleza y corrección interpretativa, pero el hieratismo de ‘diosa fascinadora’ que emplea en la película, nos deja bastante fríos. Fiennes es un intérprete excepcional con momentos realmente brillantes en el filme, pero cuyo flechazo no llega a convencer. Más fascinantes y poliédricas son las interpretaciones de la tierna Juliette Binoche (Hanhah) y el ‘fantasmal’ Willem Dafoe (Caravaggio).
 
La verdad es que no llegamos a comprender cómo un mismo guionista/ realizador puede llegar a ser tan diferente cuando aborda diferentes momentos de la película. Sentimos que el momento de verdadera intensidad amorosa se cifra en la secuencia en la que el zapador Sij descubre a Hannah los frescos de la iglesia italiana. Fascinante y complejo es el curioso camino de la venganza a la redención del ‘tenebrista’ David Caravaggio, que ronda de manera inquietante y morfinómana al moribundo conde húngaro. Y muy bella y llena de matices es, además, la complicidad que se establece entre la doliente enfermera y su paciente y sanador, quien tiene el privilegio de conocerla para después ser conducido por ella, sin atisbo de maldición alguna, al “palacio de los vientos”.
 
No quisiéramos terminar sin aprovechar estas líneas para distanciarnos de críticos y amantes del cine que tienen la maldita costumbre de encontrar semejanzas en el “romanticismo exótico” y en la fotografía de la película que tratamos con la de Lawrence de Arabia. Jamás ha existido un desierto tan agónico, abismal y fascinante como el que lograron inmortalizar David Lean y su director de fotografía, Freddie Young, dos realizadores que, ellos sí, siempre estuvieron a la altura de la creación que les rondaba por la mente. Y en cuanto a romanticismo, no hay nada comparable al sueño justo y demencial de ‘Orance’, uno de los personajes más enigmáticos y contradictorios de la Historia que supo escribir con maestría su propio destino.

El baile de Almasy y K. O cómo decirlo todo sin decirse nada. Y a continuación, la espléndida e hipnótica banda sonora de Gabriel Yared, con escenas de la película.

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8 comentarios

  1. Muchas veces me he preguntado por que ya casi nadie se acuerda de esta película. Menuda sorpresa que haya sido objeto de vuestro análisis. ¿Cómo es posible que esté un poco de acuerdo con las dos críticas? A ver, explicádmelo…

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  2. Yo la recuerdo laaaaaaaaarga, jalonada de bostezos.

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  3. Suponemos, Marta, que hemos sido un poco ambiguos y benévolos en esta ocasión. Al fin y al cabo estamos ante una película ambiciosa que queremos rescatar del olvido, aunque sea sometiéndola al blanco y negro de los puntos de vista. ¿Por qué olvidada? Creemos que no caló entre el público popular, simplemente.

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  4. Anónimo, entendemos que si bostezaste tanto es porque a lo mejor la viste entera. A lo mejor algo te gustó, o te inquietó, o te intrigó. En caso contrario, admiramos tu tesón.

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  5. Soy un esforzado espectador de cine. Suelo ver las películas enteras si he pagado la entrada o el alquiler del videoclub. He resistido películas verdaderamente soporíferas: "La soledad", "La cinta blanca", "You are the one", "El amante"…

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  6. Pues estamos convencidos de que algo has sacado en claro de todas esas malas experiencias, aunque tú pienses que no. Como por ejemplo, saber detectar cuando se te aproxima un posible tostón, aunque no estemos de acuerdo con toda esa lista de supuestas "soporíferas". Te animamos a seguir arriesgándote.

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  7. Yo creo que es una peli bella pero que nos deja un tanto fríos a nosotros, integrantes del "público popular". Yo, como Marta, creo que estoy algo de acuerdo con los dos análisis, más con el primero.Creo que es una fantástica peli que, sin saber por qué, en un determinado momento (o en varios), se aleja de nosotros.

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  8. Probablemente Minghella se vio incapaz de reducir el metraje de lo que consideraba su gran obra, y es muy difícil mantener la atención durante un relato tan extenso. Si algo no nos llega, no nos llega, y no hay nada que hacer, por mucho que lo ensalcemos.

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