‘Los Goonies’, de Richard Donner: ‘Nunca digas muerto’ vs ‘Y fue horrible’

 
NUNCA DIGAS MUERTO
Un día despertamos creyéndonos un Goonie. Y al día siguiente, ese sueño continuó. ¿Lo peor o lo mejor? Que ya nunca terminó. Probablemente porque fue tanta la realidad con la que vivimos la gran aventura de los 80 que pese a haber visto crecer a estos siete magníficos durante dos décadas y media no hemos parado de recrear una y otra vez su búsqueda del tesoro escondido entre grutas cavernarias, acuópolis improvisados y un barco clandestino, su manera de esquivar las tuampas del destino, de hacerse mosqueteros a la fuerza, de adoptar al monstruo chocolatero que se creía Superman. Ellos, los auténticos jedi, los últimos símbolos de la pre-generación Nintendo, fueron nuestros primeros amigos, pese a que su aventura transcurría al otro lado del Atlántico y a que eran ajenos a la X con la que nos catalogarían varios años después.
Lo más agradecido de esta historia firmada por Richard Donner pero con la omnipresencia en guión, producción y paternidad de Steven Spielberg, lo que hizo que se metiera en el bolsillo a las muy variadas y ya desaparecidas tribus urbanas, es que se molestó en explicarnos durante buena parte del metraje la psicología de sus pequeños protagonistas, los que se metieron de lleno en la misión de salvar sus casas de los compradores impíos y golfistas. Hablamos de la terrible sensibilidad pubertina del asmático Mickey, de la verborrea incontinente de Clark Bocazas, del ingenio pseudo-científico de Data, de los terribles y no menos surrealistas traumas de Gordi, e incluso de la bipolaridad latente de las chicas protagonistas. Todos son puestos a prueba, todos tienen una virtud que será determinante para la historia. Tremenda profundización en la pedagogía, y gran riesgo el que corrieron contándonos el trágico destino del desdentado y deformado Sloth, todo un símbolo anti-estético convertido en el salvador de los niños perdidos, en nuestro héroe. Y adiós a los adonis de Batman y Spiderman.
No obstante, la tendencia involuntaria de los que firmamos este blog a elogiar el villanismo en el séptimo arte no puede dejar de dar palmas ante la familia causante de tanta desventura y chiquillada: los Fratelli (nombre, por cierto, adoptado, en homenaje a este clan malvado, por un grupo de rock de lo más festivo y recomendable). Una madre medio-padre y dos hijos italo-americanos que juntan media neurona entre ellos y que perseguirán el mismo objetivo que los niños, con la misma perseverancia, con mucha más mala baba, pero con menos inteligencia, astucia y connivencia. Y con su justo final.
Los Goonies, en el ecuador de la década en que le tocó nacer, huyó asimismo de las sintonías conmovedoras y espectaculares made in John Williams y con el permiso de Spielberg, se cruzó en el camino de lo que entonces también se vivía en la música, aferrándose al pop cardado y descombinado de Cindy Lauper y a una frenética composición de Dave Grusin que todavía sigue sonando como mash up en nuevos grupos de electro-rock. Si eso no es un legado, que venga alguien a demostrarlo.
Numerosas voces siguen amenazando (suena a amenaza, la verdad) con una segunda parte. Y con los mismos protagonistas. Nuestra expectación ante esta temeraria misión se mezcla con el miedo. Porque tenemos la sensación de que ya en su momento despedimos el barco que les ayudó a salvar su pueblo de la especulación urbanística (qué gran visionario de futuras crisis el dueño de DreamWorks). Para qué más. Ahora Micky (Sean Austin) es ya más el compañero de fatigas de Frodo que un goonie, Josh Brolin es un pedazo de intérprete que quedaría descontextualizado con este tipo de aventuras, y el pobre Bocazas (Corey Feldman) se quedaría sin argumentos a la mínima, de tan crecido que anda. La prueba está en lo poco que funcionaron en el imaginario colectivo aventuras posteriores a lo Bicivoladores y Spy Kids. Solo Tim Burton sería capaz de algo así ahora. Y no se atrevería.
Como cantó la loca de Lauper, con la aventura del 85 fue suficiente –good enough- para entender que esta historia terminó, pero que nunca hay que decir “muerto”. No, nunca digáis “muerto”. Simplemente, hay que volver a verla y sabréis cuánto hizo la voluntad, la amistad y la esperanza, para que el día a día no-goonie, falto de aventuras y monedas de oro, fuera llevadero y gobernable.

 

Gordi es atrapado por los Fratelli y comienza a soltar por la boca cuantos traumas le vienen a la cabeza. Incluido el horripilante suceso de las vomitonas inducidas.

Y FUE HORRIBLE

Hay un conjunto de películas ochenteras que parecen responder a un experimento lobby con el que se trucaron todas las historias del cine de aventuras, por mediación de cierta factoría fabrica-sueños que por entonces no paraba de expedir el mismo patrón de no rendición una y otra vez. Spielberg les puso nombre y capital. Después tendió sus redes, pensaba él que invisibles, hacia el drama-ficción (la ciencia se la dejó en la caja fuerte) y no paró hasta que en los noventa la cosa no dio más de sí. Producto de ella fueron alegres e inverosímiles vivencias como las de Los Goonies, de las que tomó luego el relevo el arqueólogo castigador e injubilado Indiana Jones.
Pero incluso desconociendo este contexto e intenciones, esta historia está tan igualmente sobrevalorada y ensalzada como numerosos son los fallos de guión, interpretación y coherencia con mayúsculas. Ahí están los barcos inertes al paso de los siglos, los esqueletos tuertos conservados como en formol, las inconguencias históricas y los bucles de narración. Nos parece bien que Richard Donner se amara por entonces tanto a sí mismo que los guiños de la historia fueran totalmente endogámicos, recordando a su propio Superman y Twinky, pero lo peor fue que el mismo año de Los Goonies no se le ocurrió otra cosa que rodar Lady Halcon, con la que ya terminó de idiotizar a la fabulería adolescente con pocas ganas de tragar capitalismo.
Así, mientras Estados Unidos marcaba en una pizarra la cuenta atrás de la Unión Soviética, uno de sus cineastas más reconocidos reunía a un grupo de chavales inapetentes de padres y realismo, y los embarcaba en un cuento a lo Julio Verne con moraleja anti-imperialista. Por aquí esa visión no la teníamos, claro, pero sí recordamos que los roles de los protagonistas nos resultaron prefabricados y totalmente ajenos a nosotros. Aquí no teníamos amigos orientales, ni pequeñas estatuas del David de Miguel Ángel en el salón, ni asistentas italianas, ni desvanes enormes en los que buscar mapas del tesoro guardados por un tal Willy El Tuerto. Y si el punto de partida no nos gustaba, no nos pudo impresionar toda la derivada posterior. Por eso sabíamos que no fue para tanto.
Fue horrible entonces -y lo es ahora- ver cómo el puro entretenimiento, sin mayor trascendencia ni motivación generacional, se convertía en el manual de referencia cinematográfica de toda una legión de seguidores. Cuando ni siquiera nos pedíamos un personaje para imitarlo en la vida real, cuando no encontrábamos ni una sola situación que nos permitiera imaginarnos en una hazaña similar. De alguna manera sabíamos de la existencia de ese lobby oculto, no ignórabamos que no formábamos parte de esa sociedad secreta de aventuras inventadas, pensada para el atontamiento temporal, sí, pero no para la proyección que tiene a día de hoy.

A ratos fue horrible, sí. No porque Gordi guardara su pota en la chaqueta, y ésta resbalara después por una barandilla provocando una vomitona colectiva, situación por otra parte que hizo tanta gracia entonces como podría hacerlo ahora. Es cierto que hoy por hoy nadie hablaría de un campamento para niños gordos como motivo de chufla compartida. Es cierto que ahora impera más lo políticamente correcto. Es cierto que en estas películas se soltaban auténticas barbaridades hoy impensables. Pero Los Goonies, en 1985, no son más que el equivalente de cualquier película actual concebida para hormonas en ebullición. De culto, puede, pero hablemos entonces de un culto poco explorado, sin referencias, sin inquietudes, simple y auténticamente vulgar, y que dañó durante dos lustros (solo ese tiempo, afortunadamente) a la creatividad del cómic, que muchos pretendían llevar a la gran pantalla. Solo fue una aventura pandillera, muy borrosa, y ni conmovedora ni perturbadora. Nada que ver con nosotros, sin nada que rascar. Indiferente.

Cindy Lauper consiguió que este tratado de fantasías se siga bailando hoy en día como si tal cosa. Acompañan al tema Goonies are good enough imágenes de este sueño imposible.

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