Visionado: ‘Steve Jobs’, de Danny Boyle. ‘Inventor del futuro’

original

tres estrellas

La película parte de una idea inteligente. Evita la tentación de sumergirse en un biopic convencional para bajar al mítico Steve Jobs, fundador de Apple, de su pedestal y colocarlo ‘sobre las tablas’. Es una suerte de obra de teatro vertiginosa,  desarrollada en tres actos de 40 minutos cada uno, que recorren  los momentos previos a las presentaciones de tres de los productos más emblemáticos de su trayectoria empresarial. Y en esos instantes clave, los espectadores exploran las complejidades del protagonista. Un hombre y un monstruo, un déspota y un talento brillante, un tipo a la deriva por su propia egolatría y un ser humano atormentado por miedo al rechazo. Un genio para muchos, al menos, para una generación que le recuerda como a una especie de dios mundano. Como alguien capaz de “sentarse en un garaje e inventar el futuro”.

La película cuenta con un guion bien escrito, de Aaron Sorkin (quien hace años también se atrevió a llevar a la gran pantalla las aventuras  y desventuras biográficas de Mark Zuckerberg en La red social; en aquella ocasión, de la mano de David Fincher y con mayor fortuna). Muy elaborado, está hilvanado con diálogos palpitantes, bien tensados, que enfrentan al protagonista a algunas de aquellas personas que le rodearon y que, de una manera u otra, fueron esenciales en su biografía. O al menos, en la mitología que se construyó en torno a su figura. La ambición, la incomprensión, la traición, la arrogancia, el ingenio, el temor a abandonarse a ciertos sentimientos para no perder el control; o más inmediato, el miedo al abandono. Steve Jobs, según Sorkin, se convierte en un universo repleto de lecturas dramáticas.

Esta visión tan ambiciosa de la película, pero tan aguda, pierde pie en algunos momentos, a la hora de reflejarse en la gran pantalla. Sencillamente, porque su ritmo exige demasiado del espectador.  Y es que los tres actos en los que se divide viven en un auténtico clímax sostenido. Son secuencias desmesuradamente intensas, que apenas dan tregua a un público que puede llegar a verse abrumado por el vértigo emocional continuo y la sobredosis de información que se le facilita a una velocidad trepidante. Abróchense los cinturones cuando lleguen a la secuencia de la discusión que mantienen John Sculley (Jeff Daniels), director ejecutivo de Apple, y Jobs.

Y luego está la seña de identidad de Danny Boyle. La firma del autor que se plasma en un montaje ágil, vibrante; en los hallazgos visuales (ese cartel con la mitad del rostro de Jobs, que cobra vida para sufrir; el despegue del satélite dominando las paredes de un pasillo) que encantan por su ingenio o molestan por el descaro con el que se imponen en ciertas escenas donde, sencillamente, nadie quiere perder de vista las palabras.

Mención aparte merece el trabajo que realiza Michael Fassbender, quien tenía el difícil oficio de meterse en la piel de un hombre mediáticamente globalizado. Una persona con la que no guarda ni un remoto parecido físico. Algo que, francamente, deja de importar desde los primeros instantes de la película. Entre otras razones, porque el actor no interpreta. Para nada. Los sentimientos, las emociones, sencillamente ocurren en sus personajes. Se convierten en acontecimientos fascinantes porque  suceden con tanta naturalidad y, al mismo tiempo, produciendo tal asombro que el espectador siente una curiosidad voraz. Parece descubrirlos por primera vez. Fassbender es un milagro.

La película reserva algunos momentos realmente logrados. De hecho, arranca con una secuencia brutal donde se ve a Jobs ‘soportar’, a duras penas, la presencia de una niña de unos seis años. Su hija no reconocida. Una pequeña criatura que se queda sin infancia en un instante. Cuando ese padre, que quiere deshacerse de ella, le explica que la vida es un accidente, cosa de casualidades. Crueles, desgarradoras, inevitables.

 

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